Encuentro Interprovincial Menores
10 y 11 de marzo. SEVILLA
Hay profesiones que se ejercen con un manual, y hay otras que se ejercen con mirada, paciencia y una enorme capacidad de creer en las personas. Trabajar en un centro de menores pertenece claramente a las segundas.
Quienes acompañamos a niños, niñas y adolescentes sabemos que nuestro trabajo no consiste en “corregir conductas”. Tampoco en llenar informes ni en aplicar protocolos de forma automática. Nuestro verdadero oficio es mucho más artesanal: se trata de acompañar procesos.
Procesos complejos. Procesos, a veces, lentos. Procesos que exigen presencia, coherencia y una enorme dosis de humanidad.
Porque los verdaderos protagonistas nunca somos nosotros. Son ellos: niños y niñas que llegan con historias difíciles, con defensas aprendidas, con formas de relacionarse que, a veces, se traducen en conductas disruptivas. Pero también llegan con algo intacto: la capacidad de reconstruirse cuando encuentran adultos que creen en ellos.
Y ahí entramos nosotros.
Como buenos artesanos y artesanas, nuestro trabajo no es imponer una forma, sino ayudar a descubrir la que ya existe dentro. Observar, comprender, sostener, ofrecer herramientas, abrir caminos. Moldear sin romper. Acompañar sin invadir. Cuidar sin anular.
Estas jornadas nos han ayudado a enfocar esa mirada.
Durante estos días nos hemos adentrado en el espíritu de Santa Luisa y en el cuidado, entendiendo este como una posición educativa profunda desde la que se construyen vínculos, límites y oportunidades de crecimiento.
Hemos explorado cómo los valores se traducen en prácticas cotidianas dentro de los centros y cómo el cuidado se convierte en una herramienta preventiva clave ante las conductas disruptivas. No se trata solo de intervenir cuando el conflicto aparece, sino de generar contextos que reduzcan su aparición y abran espacios de regulación, confianza y desarrollo.
Hemos hablado de prevención, sí. Pero también de mirada, de vínculo, de coherencia adulta, de equipos que se sostienen entre sí para poder sostener a otros.
Estas jornadas han sido algo más que una formación. Se han convertido en un espacio para pensar juntos el oficio que compartimos.
Un lugar para detenernos, revisar prácticas, ampliar herramientas y, sobre todo, reconectar con el sentido profundo de lo que hacemos cada día. Porque educar en contextos complejos no es solo gestionar conductas: es acompañar vidas que todavía se están escribiendo.
Y, en ese proceso, cada gesto, cada palabra y cada decisión cuentan.
Los días 10 y 11 de marzo, la lluvia y el frío quisieron acompañarnos, casi como si formasen parte del programa. En una Sevilla que rompía sus propios estereotipos, el clima nos invitó —sin previo aviso— a soltar expectativas y abrirnos a lo inesperado.
Y, en cierto modo, eso mismo ocurrió dentro de las jornadas.
Ese aire fresco no solo se quedó fuera, sino que también atravesó nuestras miradas profesionales, ayudándonos a cuestionar inercias y a recolocar nuestra forma de intervenir con niños, niñas y adolescentes. Porque, al igual que el tiempo, nuestro trabajo también necesita, a veces, detenerse, moverse y reajustarse.
Han sido dos días para refrescar ideas, para repensar prácticas y para volver a situarnos en lo esencial. Porque este trabajo, tan delicado como imprescindible, no se termina de aprender nunca: se afina, se revisa, se reconstruye y, sobre todo, se vive.
Seguimos caminando en ese proceso: el arte de acompañar a niños y niñas a descubrir lo mejor de sí mismos y a encontrar su lugar en la sociedad.
Consejeras de Obras Sociales y Menores