Sor Juliana Carmen Hernández
Homilía en el funeral de Sor Juliana Carmen 21-01-2024
Querida comunidad de sor Juliana Carmen Hernández del Amo y todas las Hijas de la Caridad que nos acompañáis. Nuestras vidas se van llenando de sentido, cuando descubrimos que hemos nacido para ser buenos y amar profundamente sin esperar nada a cambio. En este sentido, ya san Pablo animaba a los cristianos a “dejarse llevar por el Espíritu de Dios, para ser hijos de Dios”. Es decir, cuando seguimos las indicaciones de Dios es más fácil, no sólo ser buenos, sino también ser felices. Cuando descubrimos el amor que Dios ha puesto en cada uno de nosotros, entendemos, fácilmente, que nuestra vida está llamada a vivir ese mismo amor.
Y es que, los hijos de Dios tenemos ese privilegio. Ya aquí en la tierra podemos empezar a participar del amor que Dios ha puesto en cada uno de nosotros. La vida se nos regala, es un don suyo, y las personas que va poniendo en nuestro entorno deben ser motivo de agradecimiento. Es ante la muerte cuando mayor sentido tiene la expresión: darle gracias a Dios por quien nos ha amado y por quien nos sigue queriendo.
Hoy, en la Palabra de Dios, hemos escuchado unas llamadas. No son llamadas comerciales, pero sí son llamadas ‘masivas’, generales, dirigidas a un gran número de personas: Jonás decía: “Dentro de cuarenta días, Nínive será arrasada”. San Pablo afirmaba: “la representación de este mundo se termina”. Y Jesús anunciaba: “Se ha cumplido el tiempo y está cerca el Reino de Dios”.
Estas llamadas no son solo algo que ocurrió en el pasado: son una invitación a que contemplemos nuestra realidad. Porque Jesús nos sigue diciendo: “Convertíos y creed en el Evangelio”. La conversión es mucho más que ‘buenos propósitos’, que los hacemos al comenzar el año, y luego los olvidamos; la conversión, para que sea verdadera respuesta a Dios, es ‘volvernos hacia Él’, poner toda nuestra vida ‘de cara a Él’. De la misma manera ‘creer en el Evangelio’ es mucho más que ‘saber’ de memoria el Evangelio; es hacerlo vida, aplicarlo a nuestra vida en la práctica y de un modo efectivo.
Pero, además, junto al lago, Jesús hizo otras llamadas; se fijó en dos parejas de hermanos y los llama personalmente. Y ellos reaccionaron al instante a su llamada. No los eligió por sus méritos, o porque eran los más santos ni los más sabios ni los más instruidos. Tampoco eran los más poderosos ni los más ricos, ni porque estaban llenos de cualidades humanas. Los fue llamando, en un gesto que combina la libertad y el amor, signo del Dios que llama porque ama. Siempre que Dios llama es por amor y para que se manifieste su amor en los demás.
Y así ha sido a lo largo de la historia hasta nosotros. Porque Jesús sigue llamando, a pesar del ruido en el que vivimos. Y llama personalmente. También, a todos nosotros, a vosotras las Hijas de la Caridad, a mí, misionero Paul, a todo cristiano, … todos hemos «sentido y oído» que el Señor nos ha mirado y ha pronunciado nuestro nombre, llamándonos a la vida cristiana, a la vida de Hijas de la Caridad, a la vida sacerdotal. Como dice el popular canto de Gabarain, inspirado por tantas escenas del evangelio: me has mirado a los ojos, sonriendo has dicho mi nombre. Y nosotros hemos sido transformados vitalmente por esa llamada.
Así lo hizo sor Juliana Carmen y todas vosotras, las Hijas de la Caridad. Sois mujeres con experiencia de vida nueva, mujeres que a lo largo de vuestros servicios os habéis encontrado con el Señor en las personas a las que habéis servido, amado y ayudado. Mujeres enamoradas de Jesús que no habéis tenido miedo al qué dirán ni a las malas interpretaciones. Mujeres que habéis pasado por los márgenes de la vida, donde yacían, olvidadas de todos, muchas personas. Mujeres que habéis vivido en el anonimato de un servicio bien hecho, atendiendo a los enfermos lo mejor que podíais y sabíais. Mujeres que, acogidas por la comunidad, descansabais de vuestras fatigas y os fortalecíais por medio de la oración y la práctica de la fraternidad, para seguir diciéndole al Señor: aquí nos tienes dispuestas para seguir haciendo tu voluntad.
Sor Juliana Carmen del Amo nació el 7 de febrero de 1932 en Zaragoza; recibió el bautismo el 19 de febrero del mismo año; posteriormente recibió la Primera Comunión y la Confirmación. El 9 de marzo de 1951 llamó a las puertas del Seminario de las Hijas de la Caridad. Su primer destino fue a la Fundación Busquets el 1 de diciembre de 1952, donde pronunció sus primeros Votos el 15 de marzo de 1956.
Posteriormente tuvo varios destinos: el Albergue infantil de Terrassa, la Comunitat Santa María de Lleida, el Psicopedagógico Mundet, el Llars Anna G de Mundet; la Residencia d'avis Puig de Girona, donde fue Hermana Sirviente; la Comunitat Santa Eulalia, Casa Solaz y Residencia Betania, donde ha vivió este último año hasta que ha fallecido.
Queridas Hermanas, hoy, sor Juliana Carmen, desde el cielo, nos anima a aprender de Jesús su buen corazón, su bondad, su cercanía y misericordia ante las situaciones en las que muchos nos encontramos y se encuentran. Por pobres o alejadas que nos parezcan las personas, Jesús nos ha enseñado a atenderlas y sor Juliana Carmen nos ayudará desde el cielo, a ser presencia viva del amor de Dios para los demás y a dedicarles nuestro tiempo, nuestra cercanía y nuestra oración.
Que la Virgen Milagrosa, a la que tanto amó y propagó su devoción por todos los destinos que asumió en su vida, y también san Vicente y santa Luisa le acompañen y ayuden a gozar de la Vida de Dios por toda la eternidad.
Oh, María sin pecado …
P. Julian Arana CM.