Sexto mes en Vitoncó
– Séptimo mes en Colombia: descansar para volver a amar -
«Vuelve a tu descanso, alma mía, que el Señor te ha colmado de bienes.» (Salmo 116, 7)
Este mes ha sido distinto. No tanto por lo que ha pasado fuera, sino por lo que se ha ido ordenando por dentro. Después de la intensidad de la misión y de todo lo vivido en el tiempo de Navidad, sentí con claridad la necesidad de hacer unos días de descanso. No era un cansancio físico; era algo más hondo. La misión en Vitoncó es una misión de presencia constante: estar, acompañar, escuchar, tener la puerta abierta, saludar, conversar. El servicio principal no es tanto lo que se hace, sino estar disponible todo el día. Y eso, aunque es profundamente evangélico y fecundo, deja poco espacio para el despeje, para la expansión, y a veces altera el equilibrio.
Por eso, estos días fuera no fueron una huida, sino una necesidad. Un descanso necesario para poder volver con más verdad, más alegría y más pasión a la misión.
Este tiempo coincidió, además, con la llegada de unas jóvenes valencianas que estudian Terapia Ocupacional, junto con su profesora y una terapeuta, que vinieron a realizar valoraciones a niños con diferentes capacidades. Fue una coincidencia muy significativa. Algunas hermanas pudimos participar en esas valoraciones, como formación, pensando en el seguimiento posterior y en la detección de nuevos casos en lugares muy alejados, donde el acceso a terapias especializadas es casi imposible.
Aquí, en Vitoncó, muchas veces una terapia convencional no es viable: supone desplazamientos largos, dejar la familia, los cultivos, la vida cotidiana. Por eso, estas valoraciones son tan valiosas: ayudan a que las terapias puedan hacerse en casa, con lo cotidiano, con lo que cada familia tiene a su alcance. No con aparatos ni recursos externos, sino con la vida misma. El hecho de que Vitoncó ya hubiera tenido alguna experiencia previa permitió que ahora pudiéramos dar continuidad y asumir mayor responsabilidad en este acompañamiento.
Además de lo formativo, el encuentro con estas jóvenes fue un regalo a otro nivel. Compartir con personas de mi misma tierra, valencianas, con una cultura, un lenguaje y una manera de situarse en la vida tan cercana, me ayudó a descansar de otra forma: a expandir el corazón, a compartir desde un lugar muy familiar. Fueron días de conversación sencilla, de risas, de reconocimiento mutuo, que me ayudaron a tomar aire y a volver a conectar con partes muy profundas de mí.
Durante estos días también tuve la oportunidad de conocer lugares nuevos, probar alimentos que aún no había probado, salir, caminar, mirar desde otro ritmo. Pequeñas cosas que, sin embargo, ayudan mucho a abrir la mente y el corazón. Todo esto fue preparando el regreso.
En este tiempo de descanso también tuvimos la oportunidad de compartir una jornada muy especial con la familia de Diego, uno de los chicos que pasó por Santa Luisa, en Barcelona. Fue un día sencillo y muy hermoso, marcado por la gratitud y el cariño compartido. Nos reunimos con sus tres hermanas, tres primas, tres sobrinas, su tía y su padre. Nos invitaron a almorzar y después nos llevaron a conocer al Señor de los Milagros, en Buga. Compartir ese día, unidos por el cariño a Diego, fue un regalo profundo. Diego es una persona a la que valoro y admiro mucho por todo el trabajo personal que ha realizado y por el espíritu de superación que ha tenido a lo largo de su camino.
Uno de los momentos más significativos de este mes fue la visita a Gaviotas, una comunidad terapéutica para hombres que están intentando dejar el consumo de alcohol y drogas. Estar con ellos fue, para mí, un regalo profundo. Los siento como algunas de las personas más pobres de la tierra. No solo por la carencia material, sino porque el consumo suele ser un intento de tapar heridas muy hondas, historias difíciles, sufrimientos no resueltos.
El contacto con ellos me llevó, casi sin darme cuenta, a mirar mi propia historia con más verdad y gratitud. A reconocer que mi historia tiene sentido. Y, sobre todo, a agradecer. Agradecer a mi familia y a los amigos y amigas que he tenido a lo largo de la vida, porque han sido sostén en los momentos difíciles. Porque gracias a esas relaciones sanas —familiares, amistades, hermanas— he podido atravesar dificultades, pérdidas y momentos complejos sin quedarme sola.
«El amigo fiel es un refugio seguro; quien lo encuentra ha encontrado un tesoro.» (Eclesiástico 6, 14)
Al ver a estos hombres, me resonaba con fuerza que cualquiera de nosotros, en otras circunstancias, sin apoyos, sin vínculos, podría haber estado ahí. Las amistades y la familia no son un añadido: son una red que sostiene, que cuida, que salva muchas veces sin hacer ruido. Este tiempo en Gaviotas me ayudó a valorar aún más esos lazos y a agradecerlos con el corazón en la mano.
En estos días también hemos vivido un acontecimiento lleno de esperanza: la entrada de nuevas postulantes al seminario. Verlas llegar, llenas de alegría, pronunciando un “sí” más al Señor, fue un regalo grande para la comunidad y para mí. Su disponibilidad y su entusiasmo renuevan la confianza en que Dios sigue llamando y acompañando procesos vocacionales muy concretos y muy reales.
El regreso a Vitoncó lo viví con una ilusión nueva. Volví con ganas. Con una alegría serena. Con la sensación de haber ordenado por dentro lo vivido y de poder retomar la misión con una mirada más despejada, más libre, más agradecida.
En estos primeros días, al sustituir a sor Dora en la enfermería, me he ido dando cuenta de que mis conocimientos pueden ponerse al servicio de esta realidad concreta, en un estilo distinto al que conocía. Poco a poco me siento más cómoda, más confiada, viendo que también aquí puedo aportar desde lo que soy y desde lo que sé, aprendiendo al mismo tiempo esta manera tan propia de acompañar y cuidar.
En estos días, algunas personas me han preguntado si tengo miedo de vivir aquí. Y, al escucharlas, me sorprendía a mí misma respondiendo desde lo más hondo del corazón que no. No siento miedo. Siento, más bien, que cada día estoy más en casa, más conectada con esta tierra y con sus habitantes. Hay una familiaridad que va naciendo despacio, sin forzar, como quien echa raíces sin darse cuenta.
Aunque echo de menos que la comunidad esté completa, vivo esta ausencia sin tristeza. Con deseo, sí, de que lleguen las hermanas, de volver a compartir la vida juntas; pero también con mucha paz y gratitud por estar yo aquí, por poder sostener, acompañar y vivir este tiempo tal como se me regala.
Todo este mes ha sido, en el fondo, un tiempo de crecimiento personal: de recoger la propia historia, de reconciliarme con ella, de reconocer los pasos que voy dando en este proceso de internacionalidad e inculturación, sin dejar de ser quien soy, pero dejándome transformar por la realidad que me acoge.
Sigo aprendiendo a estar. A servir desde lo que soy. A dejarme hacer casa en una tierra que ya siento como mía. Y esta historia, como la vida misma, continúa.
«Echar raíces no es quedarse quieto, es aprender a pertenecer.» (Simone Weil)
Mª del Mar Hija de la Caridad