Séptimo mes en Vitoncó
Octavo mes en Colombia: aprender desde la vulnerabilidad
"En mi debilidad me haces fuerte". S. Pablo
Este mes ha sido, en cierto modo, un mes particular. La comunidad no ha podido estar completa durante todo el tiempo: unas hermanas saliendo, otras regresando, algunas ausencias… Hemos vivido la comunidad un poco “a medias”. Aun así, lo hemos llevado con la mayor paz posible, intentando suplir el servicio de cada una en la medida en que hemos podido.
La verdad es que yo regresé de los días de descanso con mucha ilusión y mucha fuerza, con muchas ganas de retomar la misión. Por eso, al inicio del mes, todo parecía ponerse en marcha con bastante facilidad. Había ánimo, ganas de hacer, de acompañar, de continuar lo que vamos construyendo aquí poco a poco.
Sin embargo, hacia finales de mes llegó algo que yo no esperaba en absoluto: me puse enferma.
Y lo curioso es que ha sido de algo que prácticamente nunca he tenido en mi vida: una gripe fuerte. Nunca he sido de tener fiebre ni gripes. En España, por mi trabajo sanitario, siempre ofrecen la vacuna de la gripe todos los años, y yo nunca me he vacunado porque apenas me resfriaba. Como mucho, algún resfriado leve, de cuatro estornudos y poco más.
Pero esta vez ha sido distinto. He tenido varios días de fiebre alta —alrededor de 38,5— y con un malestar corporal muy fuerte. Un cansancio grande, un dolor generalizado que hace difícil incluso levantarse de la cama.
Esta experiencia me ha hecho tocar muy de cerca algo que todos sabemos, pero que, cuando lo vivimos, se vuelve mucho más real: la vulnerabilidad.
Cuando una está enferma y el cuerpo no responde, descubre de una manera muy concreta que no lo controla todo. Yo he intentado levantarme algún rato, moverme un poco, hacer alguna cosa sencilla… pero luego el cuerpo pasa factura y por la noche todo duele aún más. Hay momentos en los que simplemente no se puede.
Y ahí aparece una experiencia muy profunda: tener que dejarse cuidar.
Yo siempre he tenido el rol de cuidadora. Durante muchos años he estado acostumbrada a ser yo quien atiende, quien acompaña, quien ayuda a los demás. Por eso, ocupar el lugar de ser cuidada no es algo que me resulte tan fácil.
Sin embargo, esta vez no me ha quedado otra opción. Me he encontrado tan mal que realmente no tenía posibilidad de hacer otra cosa más que dejarme ayudar.
Y ahí he experimentado también la belleza de la comunidad.
Quiero agradecer de corazón a las hermanas con las que vivo, a mi comunidad, porque en todo momento han estado pendientes de mí en la medida en que ellas mismas podían. Me han traído la comida, la medicación, el agua, todo lo necesario. No me ha faltado nada. Cada una, según iba estando en casa, ha ido cuidando de lo que yo no podía hacer.
También ha aparecido, inevitablemente, un cierto miedo. Algunas personas decían: “A ver si no es solo gripe”. Aquí existen enfermedades que yo no conozco, enfermedades tropicales en las que en mi vida había tenido que pensar. Y cuando una está débil, esas preguntas también pasan por la cabeza.
Al mismo tiempo, todo lo que una tenía empezado o pensado para estos días queda necesariamente detenido. Proyectos, pequeñas ideas, cosas que se estaban gestando… todo tiene que parar.
Un día estás pensando en lo que se puede hacer, en lo que podemos mejorar, en lo que viene. Y al día siguiente estás en la cama sin poder levantarte ni siquiera a llenar una botella de agua.
Ni siquiera apetece hacer cosas tan simples como lavarse los dientes o levantarse un momento.
Y entonces una se da cuenta, de una manera muy concreta, de lo frágiles que somos.
Este mes, para mí, ha sido sobre todo eso: reconocer nuestra fragilidad humana. Descubrir cómo, en cuestión de horas, pasamos de sentirnos fuertes y capaces a depender completamente de otros.
Y también aprender, una vez más, a confiar. A dejar que la Providencia vaya haciendo su camino incluso en algo tan pequeño —y tan grande al mismo tiempo— como una enfermedad.
Así es como me siento en este momento: aprendiendo también desde la debilidad y dejándome cuidar.
“La misión también pasa por aprender a dejarse cuidar.”
Mª del Mar Hija de la Caridad