A Propósito de los Reyes Magos

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05 | 01 | 2026

“Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempos del rey Herodes, unos magos procedentes del Oriente llegaron a Jerusalén diciendo: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto su estrella en Oriente y venimos a adorarle»… Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y la estrella que habían visto en Oriente iba delante de ellos, hasta que se detuvo sobre el lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de una inmensa alegría. Y, entrando en la casa, vieron al niño con María, su madre, y, postrándose, le adoraron; abrieron sus tesoros y le ofrecieron presentes de oro, incienso y mirra. Avisados en sueños de que no volvieran a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino.” (San Mateo 2, 1-2; 9-11)

Es muy fácil imaginar la sorpresa de María y de José ante aquellos señores imponentes, magos de Oriente, con elegantes vestiduras, que se arrodillan ante aquel niño y le ofrecen oro, incienso y mirra. Podían haber aparecido antes y haberles dado un lugar cómodo donde estar, pero no: llegaron justo cuando debían hacerlo, para sorpresa de los allí presentes y seguramente para sorpresa de ellos mismos. ¿Qué esperarían encontrar? Lo que sí está claro es que lo que encontraron los transformó de tal manera que incluso regresaron a su tierra por otro camino. Esa fue su forma peculiar de proteger a aquel niño que tanto les había impactado.

A aquellos magos nosotros los hemos convertido en reyes: los Reyes Magos, deleite e ilusión de niños y mayores. Aunque, con todo lo que tenemos, ¿qué sorpresa nos pueden dar los Reyes Magos? Vemos a los niños hacer colas interminables para entregar a los pajes reales sus cartas, largas cartas llenas de peticiones —en su mayoría materiales y en nombre propio—. La ilusión de los niños por ver a los Reyes, sus carrozas, sus pajes… ¡Qué ilusión! Y los mayores, pues “al final algo caerá”: parece que los Reyes son cosa de niños.

Y no. Los años pasan, pero la ilusión por la vida, la sorpresa, los pequeños detalles… eso no lo podemos perder. Oro, incienso y mirra era todo lo que tenían, y eso le ofrecieron a aquel niño recién nacido. Eso es: ofrecer lo que tenemos, con nuestras limitaciones, nuestras preocupaciones, nuestros dolores, nuestras ganas de vivir entregadas al Señor para el servicio de los pobres.

Vivamos con gran ilusión la fiesta de los Reyes: cualquier pequeño detalle es un gran tesoro en las manos de quien lo da y de quien lo recibe.

Y si aún nos queda duda, Santa Luisa nos lo aclara:

“Podemos también ofrecerlos ante el pesebre como los presentes de los tres Reyes: la limosna en vez del oro, el ayuno en vez de la mirra y la oración como el incienso; y también presentárselos los tres a la Santísima Trinidad: la oración al Padre, el ayuno al Hijo y la limosna al Espíritu Santo. Haciéndolo así, adoraremos a nuestro Dios encarnado con los ángeles por medio de la oración, con los Reyes por medio de la limosna y con los pastores por el ayuno, y Dios nos bendecirá”. (E. 40)

FELIZ FIESTA DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

Sor Desamparados Ayuso