Nueva Comunidad en Datugaraya (Valle de Baztán)

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16 | 01 | 2026

Homilía pronunciada en la Eucaristía del comienzo de la Comunidad de Datugaraya, en el Valle del Baztán, el día 10 de enero de 2026.

Componen esta comunidad las Hermanas: sor Joaquina Alemán, sor Carmen Pombo y sor Carmen Aldaco.

La Eucaristía tenía un sabor a «envío a la misión», y dio la casualidad de que el Evangelio de ese día era la manifestación de Jesús, en la sinagoga de Nazaret, como enviado del Padre para la salvación de los hombres: «El Espíritu del Señor está sobre mí; me ha enviado a sanar…».

La primera mirada de Jesús no se dirige al pecado de las personas, sino al sufrimiento que arruina sus vidas. Lo primero que toca su corazón no es el pecado, sino el dolor, la opresión y la humillación que padecen hombres y mujeres. Nuestro mayor pecado consiste precisamente en cerrarnos al sufrimiento de los demás para pensar solo en «si son de los nuestros o no».

Jesús se siente «ungido por el Espíritu» de un Dios que se preocupa de todos los que sufren. Es ese Espíritu el que lo empuja a dedicar su vida entera a liberar, aliviar, sanar y perdonar:

«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista, para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor».

Para nada habla de los pecados, ni de la salvación eterna, ni mucho menos de la salvación individual. Lo que se dice es para todos, para el pueblo entero. Está claro que se dirige sobre todo a los que sufren, a los que les ha tocado la peor parte en la sociedad: los pobres, los encarcelados, los ciegos, los oprimidos. Esos son los principales destinatarios de la misión de Jesús. Para eso entiende Jesús que ha recibido la unción del Espíritu.

¡Qué pena que este programa de Jesús no haya sido siempre el de los cristianos! La teología cristiana ha dirigido más su atención al pecado de las criaturas que a su sufrimiento. Muchas veces, la preocupación por el dolor humano ha quedado atenuada por la atención a la redención del pecado.

Pero los cristianos no creemos en cualquier Dios, sino en el Dios atento al dolor y al sufrimiento humano. Frente a la «mística de ojos cerrados», propia de la espiritualidad de Oriente, volcada sobre todo en la atención a lo interior, quien sigue a Jesús se siente llamado a cultivar una «mística de ojos abiertos» y una espiritualidad de responsabilidad absoluta para atender al dolor de los que sufren.

Al cristiano verdadero discípulo y «ungido por el Espíritu», a la Hija de la Caridad, se la debe encontrar, lo mismo que a Jesús, junto a los desvalidos y humillados. Lo que la caracteriza no es tanto la comunicación íntima con el Ser supremo cuanto el amor a un Dios Padre que la envía hacia los seres más pobres y abandonados. Como recordó el cardenal Martini, en estos tiempos de globalización, el cristianismo ha de globalizar la atención al sufrimiento de los pobres de la Tierra.

No lo hemos de olvidar. La «opción por los pobres» no es un invento de unos teólogos del siglo XX ni una moda puesta en circulación después del Vaticano II. Es la opción del Espíritu de Dios, que anima la vida entera de Jesús y que sus seguidores hemos de introducir en la historia humana. Todo esto bien lo sabían san Vicente y santa Luisa, que, fieles al Evangelio, siguieron los pasos de Jesús y crearon tantos movimientos de atención a los pobres.

No es posible vivir y anunciar a Jesucristo si no es desde la defensa de los últimos y la solidaridad con los excluidos. Si lo que hacemos y proclamamos desde la Iglesia de Jesús no es captado como algo bueno y liberador por los que más sufren, ¿qué Evangelio estamos predicando? ¿A qué Jesús estamos siguiendo? ¿Qué espiritualidad estamos promoviendo? ¿Estamos caminando en la misma dirección que Jesús?