La itinerancia continúa

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22 | 01 | 2026

 

La Misión Interprovincial, después de seis años en Melilla, se trasladó a Marrakech tras el terremoto acaecido en septiembre de 2023, con el fin de ayudar a los damnificados del seísmo en la zona de la montaña. Ha sido, durante dos años, un trabajo intenso de colaboración con Cáritas Marrakech en el proyecto de reconstrucción, promoción y desarrollo de los pueblos del Atlas marroquí.

Al mismo tiempo, en la parroquia de los Padres Franciscanos de Marrakech, iban llegando jóvenes migrantes subsaharianos demandando ayuda. Un equipo de Cáritas ya estaba trabajando en la parroquia atendiendo las necesidades de migrantes que se habían establecido en la ciudad, pero los jóvenes recién llegados necesitaban mayor atención, y el párroco nos pidió colaboración para poder organizar este servicio.
La Misión, por tanto, atendía dos frentes: la montaña y los migrantes expulsados de la frontera, que demandaban atención a nivel sanitario, aseo y cuidado personal, alimentación… Comenzamos con un grupo de diez a quince jóvenes, multiplicándose en un año hasta superar los cincuenta jóvenes que llegaban cada día pidiendo ayuda.

Los proyectos iban cumpliendo sus plazos y la Misión debía plantearse un cambio. Esto generó un tiempo de discernimiento comunitario, sin prisa, pero sin pausa. La llamada a seguir en lugares de frontera seguía presente y comenzamos a profundizar en el análisis de la realidad de diferentes contextos fronterizos.

La Providencia actuó, y una hermana de la comunidad pudo asistir a un encuentro internacional de Cáritas Migración, lo que nos aportó información actualizada sobre posibles lugares donde poder servir. Al mismo tiempo, fuimos invitando a nuevos voluntarios de Cáritas a incorporarse a la atención de los jóvenes migrantes, surgiendo así un nuevo equipo y quedando este servicio atendido. No dejaba de ser una preocupación dejar el relevo necesario para que los servicios continuasen.

Durante seis meses, a la luz del Espíritu, fuimos discerniendo, orando, recabando información y visitando algunos lugares para poder elaborar un informe lo más exhaustivo posible, con el fin de informar a las Visitadoras de España y que ellas pudieran tomar la decisión más adecuada para la Misión Interprovincial.

Durante el mes de junio, las noticias sobre la llegada de pateras a las Islas Baleares se multiplicaban cada día. El flujo migratorio hacia Canarias estaba cambiando y las salidas desde Argelia eran cada vez más numerosas. En las islas, la respuesta de acogida era insuficiente (no había aún equipos preparados para esta tarea), y las gentes, de forma voluntaria, se implicaban en mejorar las condiciones de los recién llegados con ropa seca, bocadillos y un lugar resguardado donde pasar la noche, evitando la intemperie. Pero esto seguía sin ser suficiente.
Dos hermanas de la Misión, junto con una consejera de España Este, visitaron el lugar con el fin de recabar información y continuar el discernimiento.

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El 29 de septiembre, las Visitadoras de España nos comunicaron el lugar de destino: Baleares. Había muchas razones: una necesidad real, pocas respuestas de colectivos y tan solo presencias simbólicas. Nuestra presencia como Hijas de la Caridad sería como levadura, pequeños signos que fueran denuncia profética de una realidad sangrante en nuestra sociedad.

Decir adiós a lo vivido hasta entonces supuso recoger Melilla, donde quedó aún la duda del regreso. Era el momento de cerrar, devolver la casa y terminar un capítulo de nuestra historia. Despedirnos de Marrakech fue una tarea nada fácil: un lugar donde el corazón se nos ha llenado de nombres, donde nos hemos sentido familia acogida, donde la hospitalidad y la sencillez de sus gentes han hecho fácil la integración en esa cultura musulmana. Allí han quedado los proyectos a cargo del equipo de Cáritas para su acompañamiento y supervisión hasta su próxima finalización.

Tocaba decir hola a la nueva misión, a nuevos proyectos por conocer, a nuevos nombres y nuevas caras que acoger.

Iniciar todo de nuevo tampoco ha sido tarea fácil, pero contar con una comunidad de Hijas de la Caridad cercana ha sido un gran apoyo y facilitador. Era preciso encontrar una casa, y esto en Mallorca es como “encontrar una aguja en un pajar”. Como siempre, la Providencia actúa, y Escuelas Católicas nos ha cedido un espacio donde vivió la Comunidad de Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paúl (congregación mallorquina inspirada en el carisma vicenciano), en el Colegio Arcángel San Rafael. Es increíble la acogida que hemos tenido en Mallorca por parte del Obispo, de todas las comunidades religiosas, de las instituciones diocesanas, del claustro del colegio donde estamos… todo son puertas abiertas que facilitan la integración.

Nuestra misión en la isla es clara: trabajo directo con migrantes en frontera. Sin embargo, necesitábamos conocer la manera de hacerlo lo más directamente posible. Conocimos los diversos y múltiples servicios que la diócesis ofrece en la isla a través de fundaciones dentro del marco de la Delegación de Migración, de la Acción Social y de Cáritas. En todos ellos vamos integrándonos, porque en todos hay presencia de migrantes; sin embargo, solo a través de Cruz Roja podíamos estar en primera línea de acogida de pateras.

Esto, en nuestro discernimiento permanente, nos llevó a tomar la decisión de hacernos voluntarias de esta institución, y así poder servir directamente a quienes llegan en condiciones deplorables y necesitan una atención urgente y necesaria.

Durante los meses de verano, septiembre y parte de octubre, en Mallorca se fue creando una red de acogida: nuevos servicios desde Cruz Roja para atender las urgencias de las llegadas, nuevos contratos… Aun así, cuando comienzan a llegar las pateras porque la situación del mar lo permite, el sistema se desborda y todos somos necesarios, especialmente en la acogida y la traducción.

En ese momento de llegada, nuestro papel como Hijas de la Caridad es humanizar la situación, dignificar a quien llega dándole el trato que merece toda persona, sea del lugar que sea y venga de donde venga. Es un momento muy delicado, donde no solo se necesita calor físico —una manta y algo caliente que alivie el frío tras muchas horas, y a veces días, en una barcaza de pésimas condiciones—, sino también calor humano que acoja, dé serenidad y transmita seguridad, porque hay alguien que no juzga ni condena, sino que acoge sin condiciones y transmite esperanza.

En las pateras llegan mayoritariamente jóvenes varones. Si son menores, son llevados a un centro de acogida, y al resto se les traslada, desde las dependencias policiales, directamente a las carpas que Cruz Roja ha instalado en el puerto. Allí pueden ducharse si hay disponibilidad —pues, cuando son muchos, se agota el depósito de agua caliente—, reciben una cena generalmente fría, ya que es difícil calcular la hora de su traslado, y finalmente se les asigna una litera donde poder descansar, normalmente con calefacción (cuando no se estropea), hasta el día siguiente. Tras un desayuno, ahora sí caliente, son trasladados al puerto con un billete de barco que los llevará a la Península, al lugar que determinen las autoridades competentes.

Cuando llegan mujeres, por considerarse más vulnerables, especialmente si están embarazadas o con hijos menores, son llevadas a unos locales situados en la Porciúncula (Casa Provincial de los Franciscanos TOR). Allí permanecen un periodo de tiempo durante el cual se les realizan las pruebas pertinentes de salud, ADN de los hijos, y se les busca un recurso que facilite su integración en la Península.

Desde esta misión seguimos dando gracias a Dios por permitirnos tener tantas oportunidades de encontrarnos con Él en cada hermano y hermana que llega a esta tierra tras mucho sufrimiento vivido en el camino, buscando un futuro digno para ellos y sus familias. Su acogida es un momento privilegiado para hacer vida nuestra vocación y la llamada con la que el papa León XIV concluye la Exhortación Apostólica Dilexi Te (n. 121):

«Ya sea a través del trabajo que ustedes realizan, o de su compromiso por cambiar las estructuras sociales injustas, o por medio de esos gestos sencillos de ayuda, muy cercanos y personales, será posible para aquel pobre sentir que las palabras de Jesús son para él: “Yo te he amado”» (Ap 3,9).

 

Hermanas de la Misión Interprovincial
Mallorca (Islas Baleares)