¡Gloria, Gloria Gloria, Aleluya. El Señor nos ha Salvado!
Como cada año, durante la octava de Pascua, hemos celebrado la Eucaristía en la Residencia Catalunya de Figueres, donde cada viernes tengo el gozo de compartir la Palabra con la veintena de residentes que lo desean.
Cada viernes, el hecho de compartir la fe con personas mayores que, por motivos diversos, viven en este centro residencial es un regalo inmenso. Hoy, la celebración tenía un color especial. Cuando he llegado, ya estaban todos a punto y, además, la mesa que serviría de altar lucía sus mejores galas: una Virgen Milagrosa y un Sagrado Corazón que una residente ha querido ofrecer para que todos pudieran gozarlas.
Yo he llevado el Cirio Pascual, bendecido durante la Vigilia, juntamente con los cirios de todas las parroquias y centros residenciales de la ciudad. Hemos ensayado los cantos y, justo cuando acabábamos, llegó el párroco, Miguel Ángel. La alegría brotó de inmediato: aunque solo viene por Pascua y Navidad, siempre le reciben con una ilusión profunda, como quien recibe una visita esperada.
Hemos dado gracias a Dios por poder celebrar la Pascua así, en compañía de los más sencillos, con aquellos que ya no pueden ir a la parroquia. Por eso, es la parroquia la que se acerca a ellos cada semana, compartiendo la Palabra y la Eucaristía para que ninguno quede fuera de la mesa del Resucitado.
Hoy, durante la celebración, resonaba en nosotros el Evangelio de Tomás que hemos leído: «El reino de Dios está dentro de vosotros y fuera de vosotros».
Y he pensado que eso es, exactamente, lo que estaba pasando ahí: el Reino se hace presente en esa sala tan sencilla, en los ojos cansados pero llenos de fe, en las manos que se alzan para cantar, a la luz del Cirio Pascual, que recuerda que Cristo está vivo en medio de nosotros.
En estos rostros humildes, el Resucitado se deja ver con una claridad sorprendente. Y uno comprende que la Pascua no es solo un recuerdo: es una presencia que transforma, que visita, que ilumina.
Rosa Murgui Beltrán HC