Crónicas de una valenciana en Colombia (V)

Quinto mes en Vitoncó: aprender a dejar nacer lo nuevo
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16 | 01 | 2026

«El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14)

Hay nacimientos que no hacen ruido. No llegan envueltos en grandes luces ni en certezas inmediatas. Nacen despacio, a veces con resistencia, casi siempre con preguntas. Este quinto mes en Vitoncó ha sido así: un tiempo en el que algo nuevo sigue naciendo en mí, no sin esfuerzo, pero con verdad.

Venimos de un mes marcado por las comuniones y los bautizos, que fueron una auténtica explosión de fiesta. Aunque yo llevaba poco tiempo acompañando la catequesis de comunión —sor Marlene había sostenido el proceso durante todo el curso—, fue muy hermoso poder colaborar y formar parte de ese momento tan importante para los niños y sus familias. Verlos felices, ilusionados, y comprobar que después siguen viniendo a comulgar con alegría, incluso entre semana, es uno de esos signos sencillos que hablan por sí solos; una de esas recompensas silenciosas que confirman que el trabajo sembrado da fruto.

En este tiempo también vivimos una experiencia muy significativa: los vínculos que no se programan, como ser madrinas de bautismo. Me hace ilusión, aun sabiendo que mi presencia aquí es temporal. Sin embargo, siento que estos gestos crean lazos profundos, vínculos que me unirán siempre a esta tierra que ya empiezo a amar.

Tras estas celebraciones, nos preparamos para la misión de Navidad. Para mí fue un reto importante. La Navidad aquí se vive de un modo muy distinto a como yo la he vivido siempre. Mientras que para mí el Adviento ha sido tradicionalmente un tiempo de austeridad, preparación y espera, aquí la novena del Niño Jesús ocupa un lugar central y se vive con gran intensidad comunitaria. Salir de nuestra casa, dejarla en manos de otros y ponernos en camino hacia otra vereda fue un desafío, pero también un regalo.

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Nos tocó la misión en Lame, una vereda donde el sacerdote solo puede subir una vez al mes y donde, además, había fallecido recientemente la catequista que sostenía la vida de fe de la comunidad. La sensación era la de un pueblo huérfano. Fui con sor Dora, que me fue enseñando paso a paso cómo se vive la novena: los encuentros con los niños por la tarde, las dinámicas, las catequesis; y, por la noche, la oración con los adultos.

Durante el día nos encontrábamos con los niños para la catequesis, las dinámicas y las actividades; por la noche, con los adultos para la novena. El primer día acudió poca gente, pero quienes vinieron traían sus velas, conocían los cantos y sabían las oraciones. Al día siguiente, gracias a una minga comunitaria, pudimos invitar públicamente a toda la vereda y, poco a poco, la participación fue creciendo.

Uno de los momentos más significativos fue el de las visitas a las casas. No entrábamos en ellas; nos quedábamos en la puerta. Y, sin embargo, fue profundamente hermoso. Desde allí compartíamos una oración y llevábamos la imagen del Niño Jesús. Ver cómo la gente lo recibía —cómo lo besaban, cómo lo acogían con respeto y cariño— fue muy conmovedor. En esos gestos sencillos se percibía una fe viva, encarnada, que no necesita muchas palabras.

Para mí, este gesto tenía además un significado muy profundo. En mi manera de vivir la fe, la Navidad no es solo recordar un nacimiento ocurrido hace dos mil años, sino creer que Jesús vuelve a nacer hoy, en cada corazón, en cada hogar. Y aunque culturalmente yo hubiera situado este gesto en otro momento, comprendí que lo esencial no se pierde: Jesús nace allí donde es acogido, cuando una cede, cuando acepta que las cosas se vivan de otra manera, cuando deja de resistirse, incluso cuando tiene que hacer un esfuerzo interior para entenderlo y vivirlo.

Todo este tiempo me ha hecho reflexionar mucho sobre la internacionalidad; me ha ayudado a comprender mejor qué significa vivirla. Cuando solo una persona es la “diferente”, el esfuerzo de adaptación es mayor. Cambian los horarios, la alimentación, las costumbres, la manera de celebrar, incluso la forma de entender la fe. Es un proceso lento, a veces incómodo, pero profundamente formativo. No se trata de renunciar a lo que una es, sino de aprender a habitar lo diferente sin juzgarlo, de desestructurar lo aprendido para abrirse a lo esencial. Voy descubriendo que estas diferencias no cambian lo esencial, sino que me invitan a soltar, a ceder, a dejar que Jesús nazca también el día 17, si es ahí donde se me pide.

Este tiempo navideño también ha sido especialmente sensible a nivel personal. Estar lejos de mi familia, recordar a mis padres, sentir la ausencia de mi comunidad anterior —con la que compartí siete años de vida, pandemia y duelos— hace que este tiempo sea más exigente emocionalmente. Sin embargo, encontré un gesto sencillo que me ayudó mucho: preparar pequeños detalles de Reyes para las hermanas y los padres con los que convivo, y escribirles una carta. Pensar en cada uno, agradecer lo que son y lo que aportan, fue una manera concreta de amar.

El cambio de año también se vive aquí con intensidad: eucaristía, campanadas desde la iglesia, fuegos artificiales y el simbólico “año viejo” que se quema para dejar atrás lo vivido. Son signos distintos, pero profundamente humanos.

También hemos vivido días más tranquilos después de la Navidad, cuando mucha gente se va a trabajar a las veredas y la vida parece detenerse un poco. Sin embargo, siempre hay algo que hacer, algo que acompañar, alguien que llega.

En este tiempo nos ha acompañado la hermana Yamile, que vino a echarnos una mano. Su presencia ha sido un regalo: nos ha ayudado en las comuniones, en la misión, en las novenas, con los niños, en la casa… y, sobre todo, nos ha regalado otra mirada, otra experiencia compartida.

En este mes llegó también una noticia que me llevó al discernimiento: aparecí en las listas de hermanas elegidas para la Asamblea Provincial. Estando tan lejos, con el proceso que estoy viviendo aquí, me surgieron muchas dudas. Participar suponía un corte importante, no solo físico, sino también interior. Sin embargo, tras hablar con las visitadoras, comprendí que también este corte forma parte del servicio y de la corresponsabilidad. Salir, volver, compartir lo vivido… también es misión.

Sigo aprendiendo a vivir desde la Providencia, aunque reconozco que aún me cuesta soltar el control. Aquí se palpa una confianza radical: se vive con poco, pero nunca falta lo necesario. Yo voy dando pasos, lentos, imperfectos, pero reales. Descubro que muchas cosas que antes consideraba fundamentales no lo son tanto, y que otras, a las que nunca di demasiada importancia, aquí sostienen la vida.

Este quinto mes no ha sido de grandes conclusiones, sino de procesos. Sigo aprendiendo, sigo creciendo, sigo dejándome tocar. Y sigo convencida de que lo esencial no es tanto lo que hacemos, sino lo que somos y el espíritu desde el que vivimos. Y con ese deseo, continúan estas crónicas.

 

«El que comenzó en vosotros la obra buena la llevará a término» (Flp 1,6)

Mª del Mar Sanchís, Hija de la Caridad