Crónicas de una valenciana en Colombia (IV)

  • M Mar Colom
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12 | 12 | 2025

“Porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón.” (Mt 6,21)

Cuando llegué a Colombia no imaginaba que el paso del tiempo tendría esta profundidad. Cuatro meses después de mi llegada a Vitoncó, siento que cada día me revela algo nuevo de Dios, de la misión y de mí misma. El Evangelio lo dice con claridad: el corazón está donde está el tesoro. Y mi tesoro, ahora también late aquí, en estas montañas, en estas comunidades, en estos caminos que me enseñan a mirar la vida de otra manera.

El mes comenzó con la asamblea comunitaria, un tiempo fuerte y necesario. Durante varios días nos sentamos a escucharnos, a compartir lo que somos, lo que soñamos, lo que creemos que Dios nos pide. Fue un regalo, pero también un espejo. Un regalo porque nos permitió soñar juntas, imaginar una comunidad más sencilla, más abierta, más disponible. Y un espejo porque nos recordó nuestras limitaciones, lo que nos cuesta, lo que a veces se queda solo en deseo.

Aun así, el hilo que atraviesa todo es uno: la misión es transversal. Da igual si estamos en una reunión, en una vereda, en la cocina, en la catequesis o atendiendo una visita improvisada. Cada gesto transmite el amor de Dios. Cada acción, por sencilla que sea, si se hace desde Él, es pastoral.

Tras la asamblea, comenzamos a organizar el año y a repartir responsabilidades. Una de las decisiones más importantes fue volver a empoderar a los catequistas locales. Ellos tienen el lenguaje, el estilo y la cercanía que los niños comprenden mejor. Nosotras les ofreceremos formación mensual, pero serán ellos quienes acompañen a sus comunidades.

Además, asumimos nuevos compromisos: reciclaje, ropero, acompañar procesos del pueblo, y entrar de forma más estable en Semillitas, la guardería. Cada hermana ofrecerá algo desde lo que sabe y desde lo que es:

Sor Marlene con la catequesis del Buen Pastor, Sor Elena con cantos y baile, Sor Dora con salud, Sor Anyi con manualidades y arte y yo comenzaré pequeñas actividades de teatro con los más pequeñitos. No sabemos cómo resultará —son muy pequeños—, pero confiamos en que algo bonito puede nacer de ahí.

llamando a la puerta
Llamando de casa en casa   

Una de las experiencias más vivas de este mes ha sido salir a las veredas para celebrar la Virgen Milagrosa. Fui a Escalereta y Moras con Sor Marlene. Aquí la misión se camina: de casa en casa, tocando puertas, compartiendo la fe con quienes te reciben siempre con una sonrisa y una silla. Y lo más hermoso es descubrir que Dios ya estaba allí antes de que nosotras llegáramos. Conocimos familias llenas de fuerza, mujeres emprendedoras, jóvenes con sueños… Gente que lucha mucho, pero que mantiene la esperanza prendida.

Este año la fiesta tuvo un tono especial. El fiestero era un joven que había pertenecido a las Juventudes Marianas Vicencianas.

De pequeño prometió que, si lograba estudiar su carrera, le haría la fiesta a la Virgen. Y cumplió. Junto a su hermano y su prima organizaron todo: panes, bizcochuelos, comida para compartir. Fue una fiesta sencilla, agradecida, llena de fe y de comunidad.

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Ahora acabamos de terminar la novena a la Inmaculada, patrona de Vitoncó. Las procesiones diarias y la participación de la gente muestran un pueblo que vive su fe con una entrega sencilla y profunda. Sor Anyi la ha preparado con símbolos propios del pueblo nasa: el maíz, la tierra, el tejido, el agua… unir estos elementos con el misterio de María ha sido precioso.

Estamos también en pleno proceso de preparación de las primeras comuniones. Son días intensos, con convivencias largas y niños que se cansan pronto, pero que están empezando a entender el sentido de lo que van a vivir. Queremos que sientan este momento como algo grande, así que, además de la celebración, que es lo más importante, tendremos un bizcocho y una pequeña fiesta para ellos. Con decoración de salón y lugar donde hacerse unas bellas fotos. 

Este mes ha tenido también un detalle que me ha tocado el corazón. Varias familias nos han pedido que seamos madrinas de sus hijos en el bautismo.

A Sor Dora se lo pidió una familia a la que ayudamos cuando su niño estaba muy malito. El padre le dijo: “Se lo entregamos a usted, porque le cuidaron cuando más lo necesitaba.” Y a mí me han pedido ser madrina del hermanito más mayor. Sé que no estaré aquí toda la vida, sé que mi tiempo será limitado… pero este gesto crea un lazo que quedará siempre. Una pequeña raíz que ya queda plantada en esta tierra que empiezo a amar de verdad. Me ilusiona, sí; y sé que estos vínculos permanecerán aun cuando llegue el día de marcharme. Son raíces nuevas que nacen sin pedir permiso.

Ahora ya terminadas las fiestas patronales, esperamos con alegría la Navidad, decorando el templo, montando el Belén y en unos días saldremos en misión navideña. Aquí se celebra la novena del Niño Jesús en todas las veredas, por lo que nos dispersaremos de dos en dos para acompañar en los lugares que más necesiten. En principio, me tocaría la vereda de Lame, esta no la conozco será la primera vez que voy. En el próximo mes contaré mejor lo que vivimos aquí. 

Vivir la internacionalidad desde dentro me ha revelado algo muy simple y muy grande: lo fundamental nunca cambia. Cambian las formas, los tiempos, los modos… pero el carisma es el mismo. Donde una hermana pone su vida al servicio de los pobres, allí estamos todas.

Hay diferencias culturales, prioridades distintas, maneras diversas de resolver lo cotidiano. Algunas me enriquecen; otras me desafían. Pero todas me hacen crecer. Lo que antes me parecía esencial, aquí muchas veces deja de serlo; y lo que nunca valoré, aquí es vida. Confirmo y entiendo mejor que lo esencial no es lo que hacemos, sino lo que somos. El carisma es el mismo, aunque las formas cambien. Servir a Cristo en los pobres desde la sencillez y la entrega sigue siendo el corazón de todo.

También descubro una fe que sostiene a este pueblo, especialmente a sus mujeres: mujeres que luchan, que cargan historias duras, que a veces sufren en silencio… pero que siguen creyendo con una fuerza que conmueve. Me enseñan cada día a confiar con más sencillez y menos quejas.

Vivimos con precariedad económica, pero nunca nos falta lo necesario. Esta experiencia me enseña a confiar en la Providencia y a vivir más ligera. Y poco a poco, sin darme cuenta, este lugar va haciendo raíces en mí.

Porque donde está tu tesoro —ahora lo sé un poco mejor— allí está también tu corazón.

 

Mª del Mar Sanchís HC