Crónicas de una Valenciana en Colombia (III)
Tres meses después, nuevas miradas desde Vitoncó
“El Reino de Dios es como un hombre que echa la semilla en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, la semilla germina y crece sin que él sepa cómo.” (Marcos 4, 26-27)
Han pasado ya tres meses desde que llegué a Vitoncó, en el corazón del Cauca, y sigo descubriendo cada día la belleza escondida de esta tierra y de su gente. Desde el principio sabía que no venía a cambiar nada ni a nadie, sino a compartir, acompañar y aprender. Aun así, a veces, al ver ciertas situaciones difíciles o injustas, surge la tentación de pensar que podríamos hacer las cosas de otra manera. Entonces recuerdo para qué vine: no a imponer, sino a mostrar el Evangelio con la vida, a anunciar a un Dios Padre que no maltrata ni golpea, sino que ama, perdona y transforma. No soy yo quien cambia a nadie; es el Señor quien obra en silencio, con la paciencia de quien siembra.
Nuestra casa, aunque pequeña, está siempre llena de vida. Los jardines que la rodean se han convertido en lugar de encuentro, juego y convivencia. Desde hace unas semanas estoy sustituyendo a sor Anyi, que ha sido enviada, de manera provisional, a otra comunidad donde las hermanas son menos y de más edad, y eso me ha permitido participar más activamente en los proyectos de Semillas de Fe y Semillas de Arte.
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En Semillas de Fe, las adolescentes se reúnen para rezar, reflexionar y compartir su experiencia de Dios; y en Semillas de Arte, los niños y niñas más pequeños desarrollan su creatividad a través de la música. Reconozco que la música no es precisamente lo mío —es una de las cosas que peor se me dan—, pero con ayuda de vídeos y de profesores voluntarios online, hemos conseguido mantener las clases y el entusiasmo de los niños. Aunque como estamos a final de curso los niños se van relajando.
También seguimos muy volcadas en la catequesis de comunión, que preparo junto a sor Marlene. Las celebraciones se acercan y vivimos estos días con mucha ilusión. No sólo nos centramos en la formación, sino también en los pequeños detalles que harán de esas jornadas algo inolvidable. Hemos incluido representaciones teatrales para explicar los sacramentos, como la parábola del hijo pródigo, que nos ayudó a hablar del perdón y la reconciliación de una forma sencilla y cercana. Ver a los niños vencer la timidez y emocionarse al representar el Evangelio ha sido un regalo. El teatro, para mí, siempre ha sido un lenguaje de transformación, un espacio donde la fe y la creatividad se dan la mano.
Dentro de poco llegarán las vacaciones escolares, y aquí se viven de una manera muy distinta a como las entendemos en España. No hay playas, ni piscinas, ni campamentos de verano, pero sí campo, montañas y libertad. Los niños ayudan a sus padres en los cultivos, aprenden el valor del esfuerzo, la colaboración y la responsabilidad. Y entre todo eso, hay tiempo para jugar, para inventar, para compartir una pelota o una bicicleta, para cuidarse unos a otros. Son vacaciones distintas, sí, pero llenas de aprendizajes sencillos y profundos.
He tenido también la oportunidad de colaborar un tiempo en la enfermería, sustituyendo a sor Dora. Ha sido una experiencia muy humana y exigente. Aquí la gente combina la medicina tradicional con remedios populares, y cuando llegan a nosotras muchas veces ya han pasado por días de dolor o enfermedades avanzadas. Con los pocos medios disponibles intentamos aliviar, curar y acompañar: una sutura, una inyección, una fiebre bajada a tiempo. En todo ello percibo una confianza profunda: saben que, más allá de los medicamentos, hay una presencia que cuida y sana.
En estos días también preparamos con mucha ilusión la peregrinación a Belalcázar, para ganar el jubileo. Las comunidades se van apuntando con entusiasmo, familias enteras se organizan, y se respira un ambiente de esperanza y alegría.
El pasado 1 de noviembre celebramos el Día de Todos los Santos, una jornada muy especial aquí. Las familias creen que los espíritus de sus seres queridos regresan, y por eso preparan alimentos y oraciones para compartir con ellos. Nos invitaron a participar en la Eucaristía y luego a compartir la comida que habían dispuesto para los difuntos. Fue una forma hermosa de unir la fe cristiana con las tradiciones locales, una celebración llena de vida y de ternura.
También nos estamos preparando para las asambleas domésticas, un tiempo de reflexión comunitaria y oración. Nos retiraremos unos días a un lugar más tranquilo para poder rezar, discernir y programar el nuevo curso. El tema, provincial, de este año, centrado en los medios de comunicación, nos invita a pensar cómo transmitir la fe y la vida desde la sencillez y la verdad.
A veces hay diferencias, ritmos distintos, maneras de entender y de vivir la misión que no siempre coinciden. Pero todo eso, lejos de desanimar, me está ayudando a mirar más hondo, a descubrir la riqueza que hay en cada persona, en cada historia, en cada forma de servir a Dios. Estoy aprendiendo que la comunión no es uniformidad, sino un camino que se hace despacio, donde unas y otras nos ayudamos a crecer.
Vivir aquí me está enseñando a valorar lo esencial, a dar gracias por lo pequeño: por la sonrisa de un niño, por el amanecer entre las montañas, por el saludo de quien pasa y por la fe sencilla de la gente.
Aquí las mujeres cargan sobre sus hombros el peso de la familia, el trabajo, el cuidado… y, aun así, mantienen una fe que conmueve. No se quejan. No dudan de Dios. Y cuando las veo rezar, entiendo que la fe sencilla de este pueblo sostiene mucho más de lo que imaginamos.
En esta tierra he encontrado una escuela de humildad, paciencia y confianza. He descubierto que el Reino de Dios crece así, despacio y en silencio, como la semilla de la parábola, sin que sepamos cómo, pero con la certeza de que el Señor la hace germinar.
Siento que esta misión no sólo transforma el lugar donde estoy, sino también mi propia mirada. Me está ayudando a descubrir un modo nuevo de ser hija, hermana y servidora; un modo nuevo de creer.
La semilla sigue creciendo, sin que yo sepa cómo. Y aunque echo de menos el mar y mi tierra, sé que aquí también hay raíces que se van entrelazando con las mías.
“El que comenzó en vosotros la buena obra, la llevará a término hasta el día de Cristo Jesús.” (Filipenses 1,6)
Mª del Mar