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Con la Fe en la Providencia

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07 | 09 | 2021

“Un amor a recorrer, la justicia como afán,
con la fe en la providencia, siendo obreros de la paz”
(Brotes de Olivo)

En mi primera experiencia misionera allá por el año 2013 aprendí la canción “Un amor a recorrer” de Brotes de Olivo. La primera vez que la escuché fue en el encuentro de preparación para la misión que tuvimos en la Pascua de ese año en Orgaz, con las misioneras claretianas.

Desde entonces esa estrofa ha resonado en mi cabeza infinidad de veces. No sabía por qué. Pero este verano lo descubrí. Descubrí  qué es eso de la fe en la Providencia y descubrí que a través de esa canción hacía ya mucho tiempo que el Señor había puesto en mi corazón el deseo de vivir así.

Hasta hace poco la providencia para mí era un término que me hacía cierta gracia. No me lo acababa de creer del todo o mejor dicho, no lo acababa de entender. Para mí, controladora nata, era un concepto un tanto incomprensible.

Buscando un material a final de curso para mis clases llegó a mis manos un vídeo de Olatz de Blessings que hablaba de lo que era vivir entregándose a la Providencia. Me fascinó su manera de explicarlo y de vivirlo. Me cautivó tanto que empecé a rezar para pedirle al Señor que yo también quería vivir así. Entregarse a la Providencia es la única manera de ser libre. Y yo quería ser libre. 

Con ese deseo hice las maletas para vivir mi octava experiencia de Verano Misión. Iba a ser mi cuarta vez en Mozambique. Estaba feliz. Después de dos años volvía a salir a la misión y volvía a mi Mozambique del alma. Pero esa ilusión se desmoronó pronto. 

La huelga de los aeropuertos portugueses nos hizo perder nuestro vuelo a Maputo y nos dejó tres días atrapadas en Lisboa. Me frustré, me enfadé, me desquicié y me desilusioné. Fueron tres días de largas colas, de mil gestiones, de poquísima información y de mucha incertidumbre. Me acompañaban María y Sonsoles, dos jóvenes que iban a vivir su primera experiencia misionera y su primera vez en África. 

Al contrario que yo, ellas no perdieron la esperanza. Repetían una y otra vez que teníamos que confiar y que todo iba a salir bien. Yo me compadecía de ellas y pensaba: son demasiado jóvenes, no tienen ni idea. 

Pero tenían mucha idea. Al día siguiente de haber perdido el vuelo, cuando me desperté lo entendí todo. Dios me había dado lo que yo le había estado pidiendo desde hacía tiempo.

Me había dado la oportunidad de entregarme a la Providencia. Me había dado lo que yo le había pedido y lo que yo había hecho había sido enfadarme. Pensé en cuántas veces Dios me habría dado cosas que había pedido y no me había enterado. Así que esta vez no estaba dispuesta a dejar pasar esta oportunidad y decidí no oponer resistencia. Que sea lo que Dios quiera, nunca mejor dicho, pensé.

En esos tres días además de conocer un poco la ciudad de Lisboa, la mayor parte del tiempo la pasamos en el aeropuerto. En las largas colas que tuvimos que hacer y en las horas muertas que pasamos en la cafetería hablamos muchísimo. Nos contamos anécdotas, batallitas, historias familiares y casi casi nuestra vida entera. Después de tres días se había creado un vínculo familiar entre nosotras muy especial. Y eso es lo que hizo que nuestra experiencia misionera fuera tan especial. Estoy segura de que sin esos tres días que vivimos en Lisboa nada habría sido igual. Con la lección aprendida, una mini familia construida y la confianza en la Providencia llegamos por fin a Mozambique.

Allí me encontré una vez más con los tópicos africanos que tanto me fascinan y me enamoran. La hospitalidad, la alegría, la sencillez, las danzas, los bailes, la naturaleza…

Pero no os voy a hablar de todo eso que seguro que conocéis muy bien. En Mozambique este verano además me reencontré con esa Iglesia que es evangelio.
Las Hijas de la Caridad, con las que nos alojamos y trabajamos y que son familia para mí, hacen vivo el evangelio a todas horas. Pero no sólo con su trabajo y su entrega, sino también con su acogida. Con esa capacidad de transformar su casa en nuestra casa. Con esa capacidad de hacernos sentir parte de la comunidad, de ser una más. 

Pero no sólo ellas. Ocurre lo mismo con cualquier comunidad religiosa que visites allí.

Este año visitamos a las Hermanas Pilarinas en Nacala y a las Hermanas Concepcionistas en Nacuxa. Y siempre se repite el mismo patrón. El de invitarte a sentarte a su mesa. Siempre hay una invitación a sentarse a compartir, a compartir palabras y alimentos. Esas acogidas me recordaban a los pasajes del evangelio en los que Jesús se sentaba continuamente a la mesa allá donde iba. Aquellas religiosas nos recibían como si fuéramos el mismo Jesús. Aquello me removió el alma. 

Los últimos días de nuestra experiencia misionera los pasamos en la capital del país, en Maputo, para hacer algunos trámites burocráticos para poder regresar a España. Allí nos alojamos en la casa general de la Hijas de la Caridad. La zona de la casa en la que nos alojamos se llama Betania. ¡Qué providencial! Aquellas hermanas nos cuidaron y nos acogieron como Marta, María y Lázaro acogían a Jesús en sus visitas. Mozambique este verano me regaló la experiencia de encontrarme con el evangelio en vivo. 

Y además, me regaló esperanza. Compartir la misión con María y Sonsoles fue toda una lección. A pesar de su juventud y de la complicada situación que vive Mozambique, ellas no perdieron nunca la sonrisa. Se adaptaron a todo, se enfrentaron a sus miedos y actuaron con el corazón siempre. Yo que trabajo con jóvenes sé que en muchos de ellos hay esperanza. Pero verlas a ellas fuera de su zona de confort y viviendo la misión de una forma tan auténtica me hizo reafirmarme en mi vocación docente.

Gracias Señor por ponerlas en mi camino. Por contagiarme su alegría y su asombro.

Gracias por redescubrirme mi vocación. Gracias por hacerme en la misión una vez más…ESCANDALOSAMENTE FELIZ y por hacerme por fin…LIBRE.
 

Mireia García Escriche