Acompañar para Crecer
Encuentro de HS de Hermanas Jóvenes, Respondables del Postulantado y del Seminario
El fin de semana del 17 al 18 de enero nos reunimos las Hermanas Sirvientes de las hermanas jóvenes, las responsables del postulantado y del Seminario en Villaobispo (León), donde fuimos muy bien acogidas por todas las hermanas de la comunidad.
El tema elegido por las Consejeras de Formación, «Acompañar para crecer», impartido por Pedro Jesús Arenas, fue muy enriquecedor, ya que nos ayudó a profundizar en el modelo de persona a la que acompañamos, desde dónde lo hacemos, y nos facilitó algunas herramientas imprescindibles para el acompañamiento.
En un clima cercano y profundamente familiar, Pedro logró desde el primer momento crear un ambiente de confianza que favoreció que todas nos sintiéramos cómodas y dispuestas a participar activamente en lo que se nos proponía. Su exposición partió de un análisis realista de las características de las jóvenes vocaciones en la actualidad, subrayando como rasgos significativos la fragilidad vocacional, manifestada en la incertidumbre ante decisiones “para toda la vida”, y el marcado individualismo propio de una sociedad líquida y secularizada.
Señaló también la fragilidad de las comunidades religiosas, sin dejar de destacar, al mismo tiempo, el impacto formativo implícito —muchas veces oculto— que estas tienen como espacios donde se aprende a tolerar, a crecer juntas y a convivir en la diversidad. Este aprendizaje, subrayó, constituye un verdadero tesoro para la sociedad actual. Habló asimismo de la búsqueda sincera de los jóvenes, aun cuando en ocasiones presenten una madurez afectiva limitada. En el ámbito de la fe, describió una vivencia predominantemente individual, marcada por una religiosidad sincrética, en la que se toma “de aquí y de allá” aquello que resulta más atractivo.
Para comprender qué modelo de persona estamos formando, afirmó que es fundamental conocer qué hay detrás de cada joven, algo que nos revela la antropología de la vocación cristiana. En este proceso, el acompañante está llamado a observar y contemplar cómo Dios va realizando su obra. A través del diálogo, la joven va descubriendo incoherencias, asuntos no resueltos, heridas y reacciones almacenadas en su memoria afectiva, y en todo ello se hace visible la acción de Dios.
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Pedro explicó que los hechos de la vida nos hablan de valores —como la fidelidad, la justicia, la búsqueda y el amor— que nos impulsan a la acción, así como de necesidades e impulsos que, si no se reconocen y nombran, pueden desviarnos del camino que deseamos seguir. Vivir los valores nos saca de nosotros mismos y nos abre a la voluntad de Dios, mientras que las necesidades no integradas tienden a encerrarnos en el propio yo. La misión del acompañante es ayudar a la joven a descubrir sus valores y a encarnarlos en la vida. El valor objetivo es Jesucristo, y los valores instrumentales son los votos. La formación, en este sentido, es el proceso mediante el cual Dios va conformando en la joven la persona de Jesús.
Subrayó con fuerza que la primera experiencia cristiana no es amar a Dios, sino dejarnos amar por Él tal como somos; de ahí brota la fuerza necesaria para vivir con fidelidad la propia vocación. Todos necesitamos experimentar un amor incondicional que nos afirme: “eres mi hija y te quiero”. La gracia de Dios actúa con mayor profundidad cuanto mayor es la conciencia de dónde estoy, hacia dónde va mi vida y cómo la estoy conduciendo.
El acompañamiento debe ser un encuentro auténtico, marcado por el respeto y la confidencialidad, que permita crear una verdadera alianza, instrumento fundamental para el crecimiento. Para quien acompaña, supone también un camino de aprendizaje: contemplar la capacidad de entrega total de la joven, acercarse a las historias que Dios va escribiendo en el otro y descubrir cómo Dios la ama.
Se acompaña a la persona en todas sus dimensiones —mental, afectiva, social y corporal— con una mirada atenta e integradora, así como toda su historia de vida, desde la infancia hasta el presente. Tomar conciencia de lo vivido permite agradecer o perdonar, asumir responsabilidades y convertirse en protagonista de la propia vida.
Pedro recordó que el acompañamiento se da dentro de una relación asimétrica: el acompañante acompaña la vida del acompañado, pero no a la inversa. Hay respeto mutuo y confidencialidad, y la persona va realizando su propio proceso. Si cae, se acompaña la caída; se ofrecen luces, no directrices.
Presentó también los distintos estilos de acompañante: el autoritario, directivo y centrado en el problema; el paternalista, directivo y centrado en la persona, que fomenta la dependencia; el democrático, facilitador y centrado en el problema; y el empático, facilitador y centrado en la persona, que ayuda a tomar decisiones desde la autonomía y la libertad. Definió la empatía como la capacidad de mirar la realidad desde la perspectiva del otro, reconociendo su edad, su experiencia y su historia, y explicó que la respuesta empática consiste en devolver al acompañado lo que expresa, actuando como un espejo en el que pueda verse a sí mismo.
Destacó dos herramientas fundamentales: la escucha activa, entendida como la habilidad de escuchar de forma consciente, atenta y empática para comprender verdaderamente al otro, y la aceptación incondicional, difícil pero necesaria cuando se desea un cambio auténtico. Aceptar a la persona tal como es —y no como el ideal que quisiéramos que fuera— implica evitar juicios moralizantes, creer en su capacidad de crecimiento y acoger sus sentimientos.
Para concluir, compartió algunas orientaciones prácticas: la importancia de la regularidad de los encuentros, contar con un horario y un espacio adecuados que favorezcan la introspección, evitando lugares que propicien distracciones. Recomendó una duración máxima de 50 minutos o una hora y subrayó que todo encuentro debe tener un inicio, un desarrollo y un cierre claros, dejando definido lo trabajado y los acuerdos alcanzados.
Agradecidas por la claridad, la cercanía y la capacidad de implicarnos con la que Pedro desarrolló el tema, regresamos a nuestras comunidades enriquecidas por lo aprendido, compartido y renovado, con el deseo profundo de vivir con fidelidad la misión encomendada, conscientes de que en todo acompañamiento somos tres: el acompañante, la acompañada y el Espíritu Santo.
Sor Natividad Viso
Directora del Seminario Interprovincial